
Cada día cambiamos, cada día morimos, y sin embargo nos creemos eternos. Nadie puede evitar hacerse viejo, por mucho que hayan tratamientos de belleza y cirugía que remedien parcialmente ese aspecto flácido y desgastado. Nada se puede hacer contra los estragos de un tiempo que frenéticamente se va apoderando de ese cuerpo. Ese cuerpo que era objeto de miradas de asombro y con el que con un solo movimiento involuntario de muñeca podias traer a los locos a tu puerta, así de fácil. Ni lo intentes ahora. Esos labios nuevos y tu piel estirada hasta el cogote no pueden esconder todo lo que has vivido y lo único que has conseguido es que te miren descaradamente y apuesten por si eres un travestido o sólo alguien con una grave hinchazón en la cara. De todos modos, habiendo conseguido o no ese aspecto juvenil, tu corazón, roto, quizás, demasiadas veces, late cada vez mas débil, con dificultad para bombear esa sangre aguada al cerebro, y tu vejiga te obliga a ir al baño constantemente. Es duro admitirlo.
Tardarás en entender por qué te ocurre esto a ti, !!a ti!! ya que creias que la vejez, la muerte era algo por la que sólo los demás pasaban. Que podrias llegar a ser joven para siempre, con el brillo que los niños tienen cuando descubren nuevas fragancias o texturas y la pasion reflejados en los ojos, para siempre. Igual tambien te habias tragado demasiadas peliculas de vampiros que te regalan la vida eterna y otras historietas de ciencia ficción. Es bonito creer en ello pero, vamos admítelo, es una absurdidez.
Es inevitable pensar en ello y asustarse, y cuando nos asustamos podemos hacer dos cosas: aceptar el porvenir o crear un estado de embriaguez o shock para bloquear esa triste realidad. De un modo u otro, seguiremos con lo mismo que estabamos haciendo hace 5 minutos o durante toda nuestra vida, y, en raras ocasiones, elegiremos cambiar nuestra aburrida existencia condicionada por los minutos, las horas, los anos, y tambien los espejos.
Algun día padeceremos, desapareceremos, pero nunca, o sólo hasta el último suspiro, admitiremos como fracasados que nuestra hora ha llegado.